2 oct. 2011

Capítulo 1.

Ella. Baila divertida yendo de un lado para otro de su pequeña habitación. La alfombra le hace cosquillas en los pies, mientras ella corre a toda prisa en busca de un micrófono improvisado, en este caso, el típico cepillo para el pelo. Empieza a cantar una pésima pero graciosa imitación de Pink en So What, que la emisora de radio ha empezado a emitir. Le gusta esa canción y pone todo su cuerpo en ella, dejándose llevar por la música, sin importarle que su madre esté abajo, intentando calmar sus nervios, ni lo ojos curiosos que la observan a través de la ventana.
Unos ojos castaños contemplan su espectáculo, deseosos de estar allí, con ella, a su lado. Cada gesto de sus labios le gusta, pero sabe que no podrán ser suyos. Cometió un error una vez, y ella no piensa darle otra oportunidad, ni siquiera a otras personas, todo por culpa suya. Lo odia, se odia a sí mismo por lo que hizo. Nadie podrá volver a saborear sus besos ni a sentir su piel caliente y suave. Algunas veces, incluso, la echa de menos. Levanta la cabeza, que, inmerso en sus pensamientos, inconscientemente ha bajado mirando al suelo. Se encuentra con sus ojos, azules, brillantes, curiosos.
-          ¿Me estabas espiando? –Se acerca a la ventana.
-          Si eso te hace feliz. –Le sigue el juego. Crea una fachada de indiferencia. Ella sonríe.
-          ¡Por Dios, Julieta, baja la maldita música! –Su madre, agotada, no puede ni un momento más con el sonido potente de su estéreo.
Julieta. Un nombre que le pusieron sus padres gracias a un atisbo de originalidad. ¿Por qué no? No la confundirían, nadie tendría problemas para saber quién es. Serena, se acerca a su equipo de música y baja la música, mete un CD cualquiera y le da al PLAY. Luego vuelve al balcón donde está el chico de los ojos castaños, donde ha vuelto a estar un poco más pálido. Antes, habría jurado que estaba avergonzado.
-          ¿Por dónde íbamos?
-          Te estaba invitando a salir, esta noche –sonríe, y antes de que la chica empiece a reprocharle su descaro, añade -, con los del barrio. Una película y después nos vamos a tomar algo, ¿qué te parece?
Ella no sabe que contestar. Se sonroja, es su debilidad, él lo sabe y lo nota. Le gusta como sus mejillas, ya bastantes rosadas de por sí, adquieren ese tono carmesí que la descubre. Luego está esa sonrisa torcida que siempre pone cuando no sabe que decir. Les sigue un silencio, dulce, donde los dos se miran a la cara y recuerdos lejanos aparecen en sus mentes.

Diciembre. El cielo empieza a tener ese tono oscuro propio del anochecer y estrellas doradas van apareciendo en él. El repiqueo de las gotas en la ventana la tranquiliza, la invita a mirar a través de los cristales borrosos a aquellos que aún no se han resguardado de la lluvia y que corren hacia su coche para llegar a casa y calentarse tomando un chocolate caliente.
Presiente que algo va mal, tienen algo en el corazón que no sabe explicar, al menos no con palabras. Se dirige a la cocina y se hace un té helado. Le gusta llevar la contraria al mundo, ser ella misma y no una esclava del sistema social. Sonríe mientras vuelve a su habitación. Ve a Matteo en el salón, viendo El Padrino por décima vez ese mes. No es que sea una mala película, pero eso ya es llamado obsesión.
Tiene ganas de llamar a Adrián, de escuchar su voz. Por alguna extraña razón hoy no estaba en casa, tampoco ha ido al instituto. “A saber dónde estará. Estará enfermo. Julieta, tranquila.” Sus amigas se han asegurado de que toda la tarde la pase con ellas, olvidándose de su preocupación. Cuando se ha dado la vuelta, ellas se han arremolinado hablando en susurros. Julieta ha llegado a oír las palabras “celosa” y “otra” en la misma frase.
“¿Y qué tiene de malo estar celosa? Eso demuestra el amor. Pero ¿hay razones para estarlo?” No consigue quitárselo de la cabeza. Lo ha llamado un par de veces al móvil y nada, ni un mensaje, ni un toque, ni siquiera un “hablamos luego”. Desesperada, decide llamarlo una vez más. Se acerca el marco de la ventana y marca su número mientras observa su habitación. Las cortinas están echadas, por lo sombrías que parecen sabe que la luz no está encendida. “El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura.” Lo intenta una vez más y al tercer pitido, todo se acaba.
-          ¿Julieta? ¿Se puede saber qué quieres?
-          Hola, eh. Hoy no has ido al instituto. –Espera una respuesta que no existe -. Te he estado llamando pero, al parecer, o lo tenías apagado o no querías cogerlo –entonces oye una voz que lo llama, que lo reclama. Sus amigas tenían razón, hay razones para estar celosa. Una chica, la conoce, del instituto. Una más mayor que ella -. Oh, vaya, no sabía que tuvieras compañía.
-          No, no, Julieta, no es lo que piensas. –Se apresura a decir al escuchar el tono frío y entristecido de la voz de su novia.
-          Ah, no, claro que no. –Dice con sarcasmo -. ¿Y qué esperas que haga ahora? ¿Qué cuelgue y haga como si no ha ocurrido nada? – acaba con las lágrimas surcando sus mejillas.
Se resbala por la pared hasta acabar sentada en el suelo. Por el móvil aún conectado de ella se oyen los incesantes pitidos de una conversación terminada y de muchas cosas más. En su interior algo se rompe y se esfuma entre el llanto que estalla en ella. Tres años de su vida que le ha dado a ese gilipollas… Una semana después, se disculpó y volvieron a ser amigos. Faltaron cinco meses para que Julieta pudiera borrar el error del chico de su cabeza.

-          ¡Tierra llamando a Julieta!
La chica vuelve de repente al presente, en su balcón, delante de esos ojos castaños que tanto le gustan pero que no volverá a reflejarse en ellos.
-          Sí, tranquilo, que no me ha raptado ningún alien.
Risas. La chica se vuelve y corre hasta la puerta, la abre. Matteo está parado en el pasillo, con los brazos cruzados y una mueca en la cara. Entra en su habitación sin que ella le invite. Saluda a Adrián y se dirige a su hermana.
-          ¿Vas a salir? Mamá no te dejará.
-          Ya ves tú el caso que le hago a mamá.
Se mira en el espejo por un momento, comprobando que va bien vestida. Lo de siempre: unos shorts vaqueros claros, un polo azul de Lacoste y sus converse bajas del mismo color. Coge una chaqueta blanca, por si luego hace frío. Se dirige hacia el balcón y ayudada por Adrián salta a la habitación del chico. Se despide de su hermano con un beso invisible y con un “no le digas nada a mamá”. Después desaparece con el único pensamiento de pasarlo bien, sin saber que el destino le tiene preparada una noche realmente especial

1 comentario:

  1. Hola!
    como estas c: espero que super bien!
    por suerte he encontrado tu hermoso blog y me he comenzado a leer la nueva novela que estas comenzando a escribir!! yeei! me encanta pero wooow D:! me quede en shock Julieta y Adrian eran novios pero ella lo dejo por que la dejo por otra, no? woow :c que mal!! ¬¬ 3 años desperdicio pero ahora que veo son amigos!! c: que bien, seguire leyendo el capitulo 2 c:!!

    ya te sigo !! ♥

    ResponderEliminar