12 sept. 2011

Prefacio.


Cuando sus ojos, llenos de amor, se clavan en los suyos, sabe que su corazón crece y late desenfrenadamente. Cree que lo ha descubierto todo, que lo tiene todo, daría su vida por morir en paz, aquí y ahora. Y, de repente, ocurre. Aparece él y todo su mundo se desploma, una fina lámina de cristal que esa persona acaba de romper, encontrándola a ella. Hasta ahora, pensaba que el amor solo existía en películas y cuentos de hadas, que no era lo suficientemente afortunada como para vivir un bonito romance.
La Luna, fiel protagonista de estas historias, hace que parezcan reales. Desde pequeña espera ese momento del beso de película. Es la combinación perfecta: un chico, la luna y ella. Todo parece tan sencillo, romántico y bonito que no piensa que puede ocurrir alguna desgracia, ningún problema que solucionar, o, simplemente, que no pueda funcionar. Cuántas veces ha deseado ser la protagonista de esa escena y que el famoso de moda, ese del que tanto hablan, sea el ladrón de sus besos.
Pero, a pesar de lo que pueda ocurrir al final, el amor… es amor. En ese momento lo ve, ahí, siguiendo sus pasos, el movimiento de sus caderas al andar que, sin saberlo, le vuelve loco. Sonríe, enseñando unos dientes casi perfectos, blancos, mientras sus ojos brillan buscándola, porque de un momento a otro ha desaparecido y él la ha perdido de vista. Sus palabras casi susurradas, que consigue oír por encima del ruido, le hacen reír.
Luego sus caricias. Sus manos rozan delicadamente sus mejillas, enrojecidas por su simple tacto. Dibuja en su hombro provocándole un escalofrío. Le coge la mano entrelazando sus dedos con los suyos. La lleva fuera, lejos de toda la gente que mira curiosa, que habla de su huida, de su escapada al amor. Se alejan por la ciudad en moto, con el viento silbando en sus oídos, su cabello castaño galopando en él.
Rápidos, vuelan sobre el asfalto de las calles de la ciudad. Miles de estrellas contemplan envidiosas lo que podría ser una historia preciosa, la suya. Él sonríe, ella lo nota y se abraza a él, atrayéndolo hacia a ella mientras sus perfumes se mezclan: vainilla y canela. Respira la dulce libertad, el suave tacto en su cuello caliente. Por una vez, nada le preocupa. Ni se le pasa por la cabeza el castigo que le pondrán sus padres si llega tarde, los rumores del día siguiente en el instituto ni el suspenso en matemáticas.
Llegan al puente, una idea cruza por su cabeza, pero él se adelanta. Del bolsillo de sus vaqueros saca un candado con sus nombres. Al final, sonríe ella. Saca también una llave con la que lo abre y lo vuelve a cerrar dejándolo anclado a la barandilla del puente. Se vuelve hacia a ella y deja que tenga el privilegio de tirar la llave al río. Al hacerlo, sus manos temblorosas entran en contacto con su espalda, rodeándole la cintura.
Sus labios buscan los suyos, y los encuentra. Se deja hacer. En ese momento, sabe que algo se ha activado.

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