24 oct. 2011

Capítulo 2.

Él. Abre un libro de Ética con pausada calma. No le gustan las letras, nunca le han gustado, es más, ahora mismo podría estar disfrutando de los últimos días de vacaciones en vez de estar encerrado en una clase debatiendo cosas absurdas. El profesor entra saludando a algunos con la mano. Algunas chicas del fondo dejan de hablar y se vuelven hacia la pizarra con sonrisas de suficiencia. Ellas son las que siempre dan argumentos fiables al tema, sea cual sea.
-          Bien, buenos días. Ya conocéis el procedimiento: formular un tema y a debatir.
La mano de una de aquellas chicas se alza rápida entre las cabezas de adolescentes. Es bastante guapa en comparación con sus otras amigas. Tiene el cabello rubio recogido en dos largas trenzas que le dan un aspecto infantil. Su cara, maquillada adrede, luce aún más su sonrisa, adornada con dos gruesos labios pintados de un rojo fuerte. Eso es lo malo de ellas; a veces son solo físico.
-          ¿Sí, Sofía?
-          Profesor. Mis amigas y yo hemos estado pensando en un buen tema con que debatir, y hemos llegado a la conclusión de hacer alusión al amor. Ya sabe, ¿el verdadero amor existe?
-          No, no, no. Sofía, ¿el amor? Por favor. –Él interviene y suspira.
-          Claro, Hugo, como tú ni siquiera sabes lo que es el amor… -ironiza ella.
-          Eh, tranquila, rubia. Yo no he dicho que no sepa lo que es el amor, sino que no existe.
-          ¿Ah, sí? ¿Cómo defines tú el amor y porqué crees saber que no existe?
Hugo la mira con cara de pocos amigos mientras medita la pregunta. Él no cree en el amor, ni en el destino, ni siquiera en las casualidades. Toda su vida se compone de liarse con varias chicas a la semana y olvidarse de ellas a la otra semana. Nunca se ha enamorado y nunca lo hará. La culpa de ello la tienen sus padres. Nada más tenerlo a él, se separaron y Hugo no supo nunca quién era su padre.
-          El amor te hace sufrir sin fundamentos, te destroza. El amor puede hacer que hasta la persona más cruel caiga rendido a sus pies. Todo es tan bonito al principio que no te paras a pensar si durará o no. Además, en los tiempos que corren decir te quiero es tan común como decir hola, algunas veces igual de falso.
La clase queda en un silencio poco común. Hugo no se alardea del impacto que ha provocado con sus palabras. Mira a Sofía, quién en ese momento se encuentra paralizada. Hugo le acaba de arrebatar su liderazgo. Nadie había llevado la contraria en los debates de Sofía, porque eran suyos y, simplemente, nadie daba un argumento lo realmente bueno como para hacerle la competencia. La chica le guarda un profundo odio, nada que no tenga que ver con aquél  debate. Solo había pasado un mes desde que supo lo cruel que era el amor.

Verano. Corre el mes de agosto, caluroso. Las calles están rebosar de gente que va y viene en un pausado caminar. Hace demasiado calor para estar encerrado en casa, y hace el suficiente como para no poder estar en la calle. Cinco chicas se entretienen hablando en la terraza de una heladería, aunque sus mesas estén vacías de grasas. Todas aprovechan el verano llevando tops y minifaldas, así, al menos, enseñan algo.
-          ¡Felicidades, tía! –dice Ángela abrazando a su mejor amiga.
-          Sí, ya… pero él no parece muy contento que digamos –contesta Sofía.
-          ¿Por qué lo dices? –esta vez, María toma la palabra.
-          Porque no me ha llamado, ni enviado un mensaje… Ni siquiera me ha dicho nada por Tuenti. No sé lo que le pasa, lleva una semana así, como evitándome.
-          Tranquila, Sof, seguro que es una tontería de las suyas. Ya sabes cómo son los tíos, no se preocupan por nada…
-          ¿Y tú eres la que pretende consolarme? Eso no arregla nada, Julia.
-          Lo he intentado. –Se levanta y se dirige a la barra. Ya está harta de tanto dramatismo. Tampoco significa que la vaya a dejar ¿no? Espera que no, porque entonces no habrá quién la aguante. Tiene ganas de un helado de chocolate, de dos bolas, al carajo la dieta, de todas maneras no hay nadie quién merezca tanto sacrificio.
-          ¡Ya qué estás ahí pídeme uno de fresa!
-          ¡Y a nosotras!
Se vuelve y ve a las cuatro chicas sonriendo hacia ella. Suspira, como lo odia, pero no hay nada que pueda hacer para cambiarlo. Le llega el turno. El chico que la atiende levanta la mirada y esboza una sonrisa. “Una sonrisa preciosa” piensa ella.
-          Buenos días, ¿qué quiere?
-          Eh… -tartamudea. No quiere dar la impresión de ser una chica que no se preocupa por su físico al pedirse un helado de chocolate doble.
-          A ver si lo adivino… ¿Un helado de chocolate, tal vez?
-          Eh… Sí. –Julia sonríe mientras el chico se da la vuelta para preparar su helado. Cae en la cuenta de los helados de sus amigas y lo llama -: ¿Perdona? También dame cuatro helados de fresa, gracias.
Señala a sus amigas. Él mira sobre su hombro y vuelve a sonreír.
-          Claro, cuatro helados de fresa. Y por cierto, me llamo Ángel.
-          Julia. –Contesta, aunque el chico ya se ha dado la vuelta y piensa que no la ha escuchado. No ayuda que lo haya dicho bastante bajito.
-          Listo. –Dice unos minutos después. Dispone los helados sobre una bandeja y sale de la barra con ella para llevárselos él mismo. Al menos, pretende ser un caballero. Julia lo sigue y se sienta en su sitio -. Aquí tenéis, chicas.
Ellas empiezan a tontear con él. Agradecen la suerte que tienen al tener un camarero propio. Están tan enfrascadas en la conversación con Ángel que no se percatan que a solo unos metros de ellas el novio de una de sus amigas se besa apasionadamente con otra chica. Carolina lo ve y llama la atención de Sofía.
-          Sof  –le señala unas mesas más allá -, es Hugo.
Sofía se da la vuelta y mira a donde su amiga le señala. Se queda con la boca abierta, intentando contener las lágrimas, pero empieza a llorar cuando el chico la ve y sonríe con autosuficiencia, para después volver a besar a su acompañante. Se levanta y sale corriendo de la heladería. Hugo mira la escena divertido. Ángela coge su helado de fresa y se lo estampa a Hugo en la cabeza, al que se le ha borrado la sonrisa. Ahora son las chicas las que ríen mientras desaparecen de allí, incluso Ángel suelta una carcajada.
No hizo falta que Sofía lo llamara para cortar. Se quedó todo muy claro en cuanto lo perdió de vista. Hugo no se arrepintió de nada y Sofía se echó la culpa de todo, aún sigue echándosela, llamándose idiota por aventurarse en una relación que ya sabía cómo terminaría.

-          ¿Nadie más tiene nada que decir? ¿Sofía? – el profesor rompe el silencio, sacándola de sus pensamientos. Sus ojos están vidriosos, por lo que parpadea varias veces.
-          ¿Eh?... No, creo que ha dado un buen argumento. –Sonríe  como puede. Es lo único capaz de decir. Por fortuna, toca el timbre.
-          Buscar un buen tema para la semana que viene. Hasta pronto, chicos. –El profesor abre la puerta y sale de clase.
Mientras sus amigas salen al pasillo en espera de la próxima clase, Sofía abre su carpeta decorada con fotografías. Escondida entre deberes y apuntes, está una fotografía hecha el catorce de febrero. Su pose más natural, sonriendo junto a un chico que lo era todo para ella: su novio, Hugo.
-          Ey, Sofi.
Sofía cierra la carpeta de golpe y levanta la mirada. Justo él.
-          Dime.
-          Bueno, hemos quedado unos colegas para ir a cenar algo juntos… Podríais venir tú y tus amiguitas si queréis…
La chica parpadea varias veces antes de responder:
-          Claro, tú dime la hora y el lugar.
Para Hugo, solo es una invitación cortés. Para Sofía, una nueva esperanza. Aunque ambos saben que sus corazones nunca volverán a unirse.

1 comentario:

  1. Me encantó. Escribes realmente bien y creo que el relato tiene un buen fundamento! Te seguiré leyendo y ya espero con ansias el próximo capítulo!

    ResponderEliminar